La trata, México

Del acoso callejero a la trata de personas: una violencia que escala

A mediados de marzo de este año, Tamara de Anda denunció penalmente a un taxista por acoso callejero. Las autoridades encontraron que en efecto se había cometido una falta administrativa y sancionaron al señalado. Las reacciones en redes sociales se dividieron en dos, quienes apoyaron a Tamara y quienes consideraron su denuncia “exagerada”.   Una historia muy similar sucedió hace un año en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Andrea Noel, una periodista extranjera, difundió un video donde se apreciaba con claridad que mientras ella caminaba tranquilamente por una calle, un sujeto la atacaba por la espalda levantándole la falda. En esta ocasión las opiniones también se polarizaron y algunos argumentaron que esta ofensa era una simple broma y no una agresión sexual.   Hace apenas unos días, el programa Sentido Contrario, emitido por Radio UNAM, fue cancelado por los comentarios misóginos del conductor titular. Éste, en referencia al caso de Daphne Fernández, presunta víctima de Los Porkys de Costa de Oro, sostuvo que la introducción de dedos en los genitales de una mujer no amerita un escándalo “estrepitoso”.

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¿Qué tienen en común estos tres sucesos? Los atraviesa una violencia cuyas raíces son culturales porque la cultura machista es real y se manifiesta en el acoso callejero, en el abuso sexual y, por supuesto, en las justificaciones y defensas que se hacen de los agresores a costa de las víctimas.   El acoso callejero y el abuso sexual son posibles en una sociedad donde los hombres son educados para mirar a las mujeres como objetos y no como sujetos. Más que una cuestión de deseo sexual, es una cuestión de poder; se cree falsamente que los hombres pueden acceder a los cuerpos de las mujeres, aún sin consentimiento. Quienes defienden estas prácticas consideran más valioso el “derecho” de los hombres para opinar sobre los cuerpos de las mujeres, e incluso tocarlos, que el derecho de éstas de sentirse cómodas, respetadas y seguras.   Y sí, es importante apuntar que hay hombres que no cometen estas violencias, pero más allá del caso particular de cada uno de nosotros, debemos admitir que existe un sistema que valida y propaga el machismo. Además, no son fenómenos cuyas consecuencias no escalen. Éste es el sistema que hace posible lo imposible: la trata de personas.   Para que la trata de personas con fines de explotación sexual pueda existir necesita una serie de condiciones, entre las cuales está una sociedad machista que no sólo tolere que las mujeres sean violentadas, sino que incluso justifique estos hechos culpando a las víctimas. Como Tamara, Andrea Noel y Daphne, las víctimas de trata también son llamadas exageradas y mentirosas. Hay quien no cree en los testimonios de las víctimas de trata o que les recrimina haberse enamorado, hasta les exige que admitan que en realidad les gustaba ser sometidas.

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La violencia ejercida en el día a día contra las mujeres en las calles, en las escuelas, en las oficinas, en sus propias casas es en esencia la misma que reciben las víctimas de trata. Pero en ellas se da el siguiente paso: una vez convertidas en objetos, son vendidas y compradas.   Sólo esta explicación nos permite comprender por qué, de acuerdo con Naciones Unidas, el 80% de las víctimas de trata son mujeres y niñas. Ésta es una consecuencia extrema de una sociedad basada en entregar poder a los hombres sobre los cuerpos de las mujeres.   Hay acciones en nuestra vida cotidiana que legitiman la compra y venta de niñas y mujeres. Pensar que los piropos o el acoso son románticos, actitudes inofensivas de cortejo, es caer en una trampa. Y las mujeres y hombres que se han dado cuenta de esto y luchan por hacerlo visible no exageran; en nuestras actitudes diarias se juega el futuro de millones de personas.   Comprendiendo que el acoso callejero y la trata de personas están unidas por una misma violencia que escala, que va del piropo a los tocamientos, del abuso a la explotación sexual, también es más fácil entender cuál es nuestra responsabilidad personal en este tema. Todos debemos comenzar por reflexionar sobre nuestras acciones diarias que hacen más fuerte a ese sistema deshumanizado. Como mujer, ¿cómo resisto a la violencia? ¿estoy atreviéndome a romper el silencio? Como hombre, ¿mis acciones violentan directa o indirectamente a las mujeres? Y si no, ¿me quedo callado o inmóvil cuando presencio que otros hombres sí lo hacen?

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