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Niños soldados y niños sicarios, víctimas de trata de personas

Dominic Ongwen iba camino a la escuela cuando fue secuestrado por la guerrilla en el norte de Uganda. Según su propio testimonio tenía catorce años, pero otras fuentes hablan de que era apenas un niño de nueve años. Ongwen fue uno de los 60 mil menores secuestrados, esclavizados y/o convertidos en soldados, entre 1986 y 2009 por el Ejército de Resistencia del Señor (LRA), cuyo líder continúa siendo Joseph Kony. Al igual que todos ellos, Ongwen fue torturado y obligado a presenciar asesinatos con el fin de someterlo física y psicológicamente. Adoctrinado y entrenado, pasó a las líneas de combate. La mayoría de los niños y niñas ugandeses reclutados forzosamente murieron por las torturas, como consecuencia de la explotación y la esclavitud, o en batalla. Muchos fueron mutilados cuando se rebelaron o intentaron escapar. Pero Ongwen sobrevivió. Ascendió hasta convertirse en comandante de la Brigada Sinia, aunque para entonces, ya no era un niño; tenía cerca de 30 años. En 2015 fue detenido y ahora enfrenta un juicio en el Tribunal Penal Internacional (TPI), que involucra más de 70 cargos en su contra y el testimonio de más de 2026 víctimas. Su caso es histórico pues es el primer ex niño soldado en comparecer ante esta instancia de justicia, abriendo así la gran pregunta ¿cómo juzgar a la víctima que se convirtió en victimario?

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En un principio se le imputaron cuatro cargos de crímenes de guerras (por dirigir ataques intencionales contra la población civil, maltratos y asesinato de civiles, y saqueo) y 3  crímenes de lesa humanidad (asesinatos, esclavitud y tratos inhumanos). El 21 de diciembre de 2015 se presentaron más cargos, sumando un total de 70. Se le ha hecho comparecer especialmente por los delitos cometidos en ataques contra campamentos para desplazados en Uganda en 2004. De todos ellos Ongwen se ha declarado no culpable. Su argumento se fundamenta en que actuó siguiendo órdenes y que él mismo fue una víctima del LRA. “¿Creen que mi vida no fue arruinada?”, preguntó el ex niño soldado a los jueces del Tribunal Penal Internacional. Este elemento de su caso, es decir, que enfrenta cargos que se cometieron contra él mismo, podría mitigar su sentencia. Hay quienes creen que pudiera ser condenado solamente a 30 años de prisión en vez de cadena perpetua. Sin embargo, las comunidades destruidas por el conflicto de más de tres décadas, provocado por LRA, desean justicia. Muchas personas han seguido la transmisión del juicio desde los campos de refugiados ugandeses. Se espera que la sentencia de Ongwen sea el primer paso hacia la detención y condena de Joseph Kony. No será una decisión fácil la que tendrá que tomar el Tribunal Penal Internacional. Y sin duda pone en la mesa una reflexión pendiente en todo el mundo, incluido México. En México el crimen organizado también recluta forzosamente a niños y niñas. El uso de menores de edad en actividades delictivas es considerado una forma de trata de personas por la Ley General en esa materia, en su artículo 10º. En un estudio publicado en 2015, titulado “Violencia, niñez y crimen organizado”, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) señala que 30 mil menores “trabajan” para la delincuencia organizada en nuestro país. Se tiene datos de que los más pequeños, explica la Comisión, se desempeñan como “halcones”, es decir, como vigías e informadores. A partir de los doce años, se les ordena la vigilancia de casas de seguridad. Cuando alcanzan los dieciséis, son usados como “mulas” (para transportar drogas o armas), asaltantes o sicarios. Edgar “El Ponchis” fue un niño reclutado por el crimen organizado. A sus 14 años “trabajaba” como sicario; de acuerdo con su testimonio, a los 11 años cometió su primer asesinato. Declaró a los medios y a las autoridades que actuó bajo amenaza de muerte. Edgar provenía de un contexto familiar destruído; sus padres padecían adicciones, por lo que él fue separado de ellos y entregado a su abuela. Tras la muerte de ésta, se fue a vivir con una tía en Cuernavaca. Sólo, vulnerable, fue contactado por el Cártel del Pacífico Sur. En 2010, el Ejército mexicano lo detuvo cuando intentaba abordar un avión junto con sus dos hermanas, quienes también pertenecían a la delincuencia organizada. En 2013 recobró su libertad y se marchó a los Estados Unidos a intentar construir una nueva vida.

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Como la historia de Ponchis, según lo señalan las cifras de la CIDH, hay muchas otras. Al menos otras 30 mil. Algunos de ellos, como Ongwen, crecerán, escalarán entre las filas de la delincuencia y se convertirán en victimarios. ¿Cómo los juzgaremos? O mejor aún, ¿cómo podemos impedir que suceda? Invisible Children está luchando para liberar a los niños ugandeses, sanar a las comunidades afectadas y reintegrar a los sobrevivientes de la trata de personas cometida por el LRA. Ellos monitorean el juicio de Ongwen y han diseñado campañas para empujar la detención de Joseph Kony. Puedes apoyar su increíble trabajo en este enlace: http://invisiblechildren.com/get-involved/fundraise/ Mientras, en México, necesitamos comenzar a preguntarnos quiénes son esos miles de menores que han sido reclutados forzosamente por los diferentes cárteles, y qué podemos hacer por ellos. En todas las guerras, las víctimas más inocentes son las niñas y los niños. Como en el caso de Uganda, en nuestro país trabajar para la paz requiere liberarlos y hacerles justicia, aunque lograr esta última implique hacernos las preguntas difíciles sobre las líneas que separan a las víctimas de los victimarios.

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