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Un acercamiento a los procesos y las lógicas que configuran la trata de personas.
SIGUEN EXISTIENDO MUCHAS LIMITANTES
PARA RECONOCER A LAS VÍCTIMAS DE ESTE DELITO. 
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Problemas de lenguaje y de imágenes que les niegan sus derechos a acceder a justicia y a reparación. Queremos verlas con más claridad. Y queremos ver, casi por primera vez, a sus explotadores también. Al verlos, a ambos, los descubrimos más humanos, más racionales de lo que creíamos. Entenderlos: su concepción, su reproducción, puede ayudarnos a encontrar soluciones más integrales.
ESCLAVITUD
Es un término por lo demás empleado, casi obligatorio, para definir la Trata de Personas. Sin embargo, aunque son claras las razones de su utilidad, es un concepto profundamente cargado de información histórica, de ideas, y sobre todo, de imágenes. Imágenes que dibujan a una cierta víctima, a su respectivo victimario y a un contexto específico donde supuestamente se lleva a cabo la explotación. El problema está en que la trata que hoy se manifiesta no siempre, o casi nunca, responde a esta imágen tal cual como la imaginamos. Y la imaginación, en este caso, se vuelve un obstáculo para ver, no a una cierta víctima, sino a varios y varias; no a un victimario, sino a muchos: diferentes y sorprendentes; y no a una manera de explotar, sino a una fórmula.

La esclavitud evolucionó con nosotros y con nuestras lógicas; se adaptó a nuestros marcos legales y a nuestro orden social. Sobrevivió su abolición, no sin haber sufrido y cambiado. Hablamos de nuevas formas de esclavitud, en dónde, como Bales (2000) argumenta, “ya no es importante el color de piel, sino fundamentalmente la debilidad, la credulidad y la pobreza” (Montiel Torres, 2013, 335) Es por eso que si se va a hablar de esclavitud, además de hacerlo con cautela, es indispensable agregar su temporalidad: ella es nueva. Y es diferente. Ha encontrado nuevos espacios grises entre la legalidad y las concesiones sociales para explotar la vulnerabilidad ajena y lucrar. Porque ante todo, hablamos de un negocio y de un oficio: el oficio de la movedera. Con esta introducción, pretendo plantear la idea de que existe todo un universo dentro de este fenómeno. 

Entre los principales objetivos, está el visibilizar algunos de los aspectos que caracterizan a una de las modalidades más comunes de la actual trata de personas en México: la explotación sexual de mujeres. Abordaré este tema a partir de dos casos de estudio: el tratante rural del sur de Tlaxcala de Oscar Montiel (2013) y el caso de los Hermanos Garfias, ex-padrotes de la Merced, a partir de una entrevista (2017). Un objetivo más -que también trata de visibilizar- se refiere a las expectativas que tenemos: la sociedad, los albergues, los ministerios públicos, jueces y compañía; con respecto al comportamiento y el perfil de las víctimas y de sus victimarios. Expectativas que sofocan las posibilidades de resignificar esta nueva esclavitud para entenderla más y entonces sí intentar hablar de resolverla.
“Necesitamos desesperadamente desentrañar la clave del misterio de la nueva esclavitud. Miles de víctimas pero muy pocos criminales identificables” (Bales, 2000).
Cito lo anterior añadiendo que esas “miles de víctimas” definitiva y desafortunadamente siguen sin poder ser todas. Organismos a todos los niveles confirman su incapacidad para dar conclusiones certeras con respecto a la escala del problema. Esto dice mucho en sí mismo. Significa que hay un gran porcentaje de víctimas, que no podemos calcular porque no tenemos las herramientas para identificarlas. Tomando esto en cuenta, viene la segunda afrenta: de esas víctimas que se logran identificar, pocos son los criminales que se logran asociar a los delitos cometidos.
Narrativas encontradas 
La manera en la que contamos la historia de la trata nos ha dado y nos da -o nos ha quitado y nos quita- las facultades para abordarla. Comenzando por la fuente primaria: la víctima -y por la primera vez en la que la historia se registra, que es el momento de la denuncia-. Cuando Marcela, originaria de Veracruz, a sus 17 años, llegó a la Procuraduría del Distrito Federal en 2009 tras un operativo en la Zona de la Merced, rechazó toda ayuda diciendo que no era víctima. Siendo menor de edad, fue canalizada a Fundación Camino a Casa, albergue de alta seguridad donde inició su proceso de reintegración a la sociedad y no fue hasta dos meses después que comenzó a testificar en contra de su explotador. Este comportamiento en las víctimas es común, “al tratante se le protege”, y eso es algo que sorprende a muchos y complica los procesos de apoyo y de denuncia. Mucha información útil se preserva en estas narrativas que nos han contado y que repetimos. Desde los acentos, hasta los silencios. Pero, sobre todo los silencios, las cosas que se omiten. 

En la primer versión, ellas trabajan por sí solas, con ello pagan sus estudios, ayudan a su familia o mantienen a sus hijos. ¿Marido? ninguno, ¿padrote? para nada. Pero, después, al interior de la Fiscalía de Delitos Sexuales, cuando confrontadas la una con la otra víctima del mismo padrote en la misma habitación, comienza la denuncia. Hay un sujeto que toma el dinero. Él lo “guarda” o lo “cobra”, dependiendo. Y después viene todo lo demás. Hay casos muy claros en donde la coerción es evidente para todos, la sobreviviente incluída. Por lo general, son casos en donde la violencia que se ejerció contra ellas fue muy física y muy corporal, razón por la cual ellas se entienden ya como víctimas, y denuncian siempre y cuando se sientan seguras. Pero, hay otros casos en donde existe mucha confusión. Estas víctimas enfrentan una frustración enorme al no encontrar esas herramientas que necesitan para elaborar su defensa. 

Es entonces cuando la víctima, en su recuento de la historia -o en su omisión de la misma-, falla en cumplir ciertos requisitos de la narrativa esperada por el escucha, y lo decepciona. En el caso de ser mayor de edad, queda invalidada para acceder a la atención, justicia y reparación que sería su derecho. Al no ser entonces una víctima ideal: pasiva, llorona, frágil y niña; es una víctima culpable. Así se reducen los derechos humanos a anécdotas, que de no cumplir con ciertos requisitos, ciertos amarillismos, quedan descalificados: 
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[...] análisis hechos sobre la trata de personas presentan a las víctimas como seres indefensos, anulados y aplastados por sus victimarios. [...] Es preciso no minimizar a las víctimas, no restarles capacidad para reflexionar sobre su circunstancia, de empoderarse (empowerment) por diversas vías y encontrar la manera de revertir o disminuir la violencia que se ejerce en su contra [...] (Ramírez y Heredia, 2013, p.216).
Es intencional: el engaño, la culpabilidad, la amenaza; las capas que existen entre la ayuda y su solicitud, forman parte de un modus operandi. Una estrategia práctica que pretende complicar el plan de salida de las víctimas y proteger a sus explotadores. Se diseñan entonces, con toda conciencia, etapas y procesos para que las víctimas otorguen su consentimiento y acepten su explotación. Un consentimiento lastimado, pero consentimiento al fin. Y en esa estrategia, existen umbrales para manipular instintos humanos de supervivencia y usarlos. Todo esto para decir: ella está presente. Razona, justifica y negocia.
“A los esclavos no se les utiliza como objetos ni animales; se aprovecha precisamente su capacidad de raciocinio para explotar esa parte humana que se les niega” (Montiel Torres, 2013: 334).
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Montiel hace la anterior referencia a Claude Meillassoux (1990) para reconocer la vida activa de la víctima y enfatizar el rol que ésta juega en la rentabilidad de su explotación:
Usar el concepto de mercancía nos aleja del problema central: la explotación sexual. Es el uso de la mujer como ser humano y no como mercancía lo que explica las altas ganancias que se obtienen de la prostitución. Los proxenetas usan esa noción de ser humano en las mujeres para someterlas y explotarlas (Montiel Torres, 2013, p.335).
Ambos están presentes. El explotador busca maximizar sus ganancias, la víctima reducir su sufrimiento y sus intereses convergen. Evitar sanciones, disminuir cargas de trabajo, obtener amor paternal. Todo está bajo control. Bajo una administración meticulosa de premios y castigos, el explotador debe buscar que la víctima esté involucrada al punto de que no haya duda en la mente del cliente de que ella “quiere” darle el servicio, aún cuando ésta sólo esté buscando mejorar su condición o reducir su sufrimiento. En este ensayo de recuentos entendemos, por experiencia, los retos que existen para el escucha. Los testimonios han sido juzgados frecuentemente como fabricaciones o exageraciones. 

La noción de toda una maquinaria detrás de la prostitución es incómoda y parece inverosímil. Es preciso memorizar que hablamos de una industria, y como mencioné antes, de un oficio también. Una dedicación, una acumulación de conocimiento, sobre cómo explotar mujeres; explotación que sostiene económicamente a comunidades enteras. Si en nuestra distracción, la mano de la explotación permanece oculta, con ella también la credibilidad de la víctima y sus derechos. Para articular mejores políticas públicas, iniciativas preventivas y atenciones adecuadas, será necesario completar la narrativa. La mano que comete el verbo, que extrae, que coerciona y que explota, es la mira de este papel: el proxeneta, también conocido como padrote. Queremos ponerle nombre, ubicar su procedencia, atentar leer sus motivaciones: verlo.
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PRIMER CASO DE ESTUDIO:
El tratante rural del sur de Tlaxcala. Oscar Montiel, 2013
El universo de la trata es enorme, y debe ser abordado de manera específica. De lo contrario, seguiremos creando imágenes y moldes que parecen únicos, entorpeciendo así el proceso de denuncia. Este primer caso a observar es un estudio elaborado por el antropólogo Oscar Montiel, el cual recaba información antes poco entendida. Su análisis rastrea la reproducción social del victimario en el sur de Tlaxcala. Quiero comenzar con Tlaxcala por su fama. En el estado más pequeño de la república, también conocido como “la cuna de los tratantes”, se han identificado redes de trata importantes en 35 de sus 60 municipios (CFJG, 2015, p.118). Este fenómeno, contenido geográficamente, lo hace el ideal para observar a la trata de manera acotada. 

El antropólogo explica que, siguiendo una lógica económica, tras procesos de industrialización en el país, comunidades de comerciantes y textileros encontraron una oportunidad al construirse la Carretera México-Puebla en los años 60. Viajaban a la ciudad en busca de clientes o de trabajo, y así fue que dichos hombres encontraron una nueva y más conveniente actividad económica, casi como si hubieran llegado a tomar un asiento vacío en un juego ya diseñado. Se trataba de ayudar a la comunidad; huir de la pobreza. Fue así que involucraron a familiares y amigos. Enseñaban, unos a otros, a “matar el sentimiento” para poder reclutar, iniciar y mercantilizar a la víctima. Se crearon los primeros pactos en la comunidad: no reclutar en casa y moverlas de su lugar de origen para aislarlas.

El modus operandi se perfeccionaba por la colectividad; en pactos de silencio, de lealtad y juramentos (Montiel Torres, 2009, pp. 71-90).
Las herramientas de la violencia
A través de la mirada de la reintegración social -y si bien cada sobreviviente tiene tiempos de recuperación distintos-, hemos podido conectar dificultades singulares en la atención psicológica a cierto tipo de mecanismos de enganche y explotación. Tiene que ver con las maneras en las que se lleva a la mujer o niña a un estado emocional vulnerable que le permita al tratante obtener el consentimiento de la misma para su propia explotación. Y, ¿por qué es importante el consentimiento de la víctima? Abordaré más de una razón; comenzando: porque, sin ello, en la transacción con el cliente, la victimización sería evidente y afectaría su rentabilidad. A lo largo de los años, hemos documentado, a grandes rasgos, dos tipos de procedimientos violentos a través de los cuáles se obtiene la voluntad lastimada de la que hablamos. Dos tipos de quebrantamiento: uno físico y uno psicológico. Antes, es relevante decir que administrar estos niveles de violencia requiere de mucha energía y conciencia, y que es más fácil comprenderla si la visualizamos como un proceso que asciende. De lo contrario la víctima parece irracional, cuando en realidad, el consentimiento aparece como la reacción lógica ante la situación. Partamos entonces de que la víctima no es ilógica, y de que existe un proceso que le otorga racionalidad a su consentimiento:


VIOLENCIA: Clase de comportamiento agresivo, difusa en sus límites, caracterizada porque la búsqueda de beneficios del agresor se consigue a costa de un grave perjuicio a la persona agredida. La violencia, tanto si ésta es legal como ilegítima, constituye, en definitiva, una forma particularmente dañina de agresión que menoscaba -a veces dramáticamente- el bienestar físico y psíquico de quien la sufre, es decir, su aptitud biológica (Asensio Aguilera,  1998,19).

LA VIOLENCIA FÍSICA
En el quebrantamiento físico, visto desde el momento de la iniciación, hemos recabado casos en donde se utilizan encerramientos prolongados, violaciones grupales y castigos corporales severos para obtener el primer consentimiento de la persona. Las iniciaciones tienden a ser brutales. En seguida, para mantener su efecto, la violencia tiende a aumentar en dosis. La vida útil de la mercancía disminuye y, en algunos casos, lleva a la muerte de la mujer que se intenta someter. “Se pasa la mano”, cuentan testimoniales de ex-proxenetas (M. Garfias, entrevista personal, agosto de 2017). Ella entonces decide cooperar ante la amenaza de la agresión. Por otra parte, como ella tiene claridad de su victimización, crece también el riesgo de que la víctima escape cuando se le presente la oportunidad. Este método, utilizado sobretodo por las primera generaciones de padrotes del sur de Tlaxcala, tuvo un costo alto para algunos. Muchos de ellos terminaron en prisión, no bajo el delito de trata de personas, que entonces no existía en la Ley, pero si bajo los conceptos penales de lenocinio, corrupción de menores y secuestro, entre otros.

LA VIOLENCIA PSICOLÓGICA
Se puede decir que la vieja escuela de la trata, esos primeros proxenetas de los que hablamos, tomaban menos tiempo en sus procesos, eran menos graduales y más abruptos. Sin embargo, como Montiel (2013) reflexiona, “los viejos sirvieron como espejo”, y el mecanismo, el modus operandi, cambió; usando el amor como principal mecanismo de poder y haciendo uso de tiempos más prolongados para la extracción y coerción. Es ahí donde comienza lo que el mismo Montiel (2013) define como: la nueva escuela. El método se sofisticó para reducir riesgos. La violencia psicológica se convierte entonces en la herramienta predilecta, que, al no dejar evidencia física, se oculta. Es importante recalcar que, no es que el quebrantamiento psicológico como herramienta de control sea menos violento, es solamente menos tangible. Retomando la perspectiva de la reintegración social, en la recapitulación del daño, aún vemos secuelas más severas en las víctimas. En este segundo modus operandi ella es sometida a un proceso calculado, personalizado, que al final intenta convertirla en cómplice de su propia explotación.
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SEGUNDO CASO DE ESTUDIO:
Ex-tratantes de la zona de la merced, entrevista, 2017
Ver y entender a través de recuentos. El testimonio desde el otro lado de las cosas se convierte en la confirmación de un mundo oculto. Para completar la historia de la trata, a continuación unos extractos de una entrevista realizada a Mario Hidalgo Garfias (M. Garfias, entrevista personal, agosto del 2017), ex-padrote de la Zona de la Merced en la Ciudad de México; quien junto con su hermano Enrique y su madre, enganchaban y explotaban mujeres y niñas. El 31 de diciembre del 2003 fueron sentenciados a 18 años de prisión en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México bajo los delitos de corrupción de menores, corrupción de autoridades y secuestro, entre otros. 

Hablar de viejas o nuevas escuelas no excluye el que ambos métodos existan a la fecha y convivan; tampoco implica que sean los únicos. Por lo tanto, los extractos, ejemplos y descripciones que se expondrán a continuación, no son, de ninguna manera, una representación integral del modus operandi de la explotación sexual de mujeres en el país. Aquí, hablamos de un caso específico, que, si bien nos enseña, no se debe convertir en otro molde más en el que busquemos embonar un delito sumamente complejo y cambiante: 
Cuando yo llegué a la Merced, quién me recibió era de Tenancingo, Tlaxcala. Yo aprendí viendo cómo le hacía él. Él le hablaba fuerte, y la obligaba… no era nada amable con la señora… nada amable. Yo utilicé la zalamería. Si la somete uno violentamente pueden durar dos meses… hasta que encuentren el modo de denunciarme. Buscaría el método más fácil para escaparse. Entonces… no me servía. Prefería pasar un proceso completo, como que muy constante. No era amenazarla, era convencerla. Y solita. Llegaba y le decía: “es que no tengo pa’ pagar la renta, no tengo para esto”… y ella solita. Después de un mes ya le exigía yo: “el dinero, a ver, ¿por qué tan poquito? Y no te quiero ver platicando. 

Entonces, si te quieres escapar para allá”, “levanta la mano” (simula que habla por radio), y alguien levantaba la mano, “te están vigilando de allá”, “levanta la mano”, “te están vigilando de allá, te están vigilando de allá”. De todos lados que ella viera que está siendo vigilada. [Mario Garfias] 
Junto conmigo, junto con otros dos hombres, fuimos a Veracruz, Toluca, a algún otro estado, e incluso a la central camionera. Es fácil ofrecerles algo, pero es difícil ponerlas a trabajar. Realmente… yo que recuerde, se nos hizo muy complicado. Muy complicado. Era más fácil quitárselas a otros padrotes que realmente engancharlas y ponerlas a trabajar. [Enrique Garfias]
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MODUS OPERANDI:
DEL VERBO AL EJERCICIO
Es un ejercicio que requiere de mucha observación. Ellos seleccionan a sus víctimas, se acercan, se ganan su confianza, establecen un vínculo emocional; una dependencia. Se mantienen constantes, las enamoran. Comparten historias íntimas para generar una conexión emocional, hablan de religión, escuchan y aconsejan. Preparan el momento para hacer una propuesta: el matrimonio, estudios, una salida a los problemas del hogar; dependiendo. Sabotean la relación familiar o engañan también a la familia, evitando así que posteriormente la busquen. Con un engaño o una promesa falsa, se extrae a la niña o mujer de su entorno cotidiano y se le aísla:
Enamoramiento… utilicé que eran mujeres vulnerables y tenían alguna necesidad. Y no era necesario que yo la enamorara, utilizaba a alguien, contrataba a alguien del agrado de la chica: “mamado”, bonito; pero era mi trabajador. Lo más probable era menor de edad, tenía que estar todavía en la escuela. Lo primero que teníamos que hacer era alejarla de su familia. Una de las chicas que trabajan conmigo hablaban con ella: “oye le gustas al chico, dice que si no quieres andar con él”. Utilizaba a una chica y a un trabajador para robarme a una chica. Entonces ya que lograba que ella bailara con él, tomara con él… y finalmente se acostara con él, me la llevaba. Sacándola un día de su casa era más difícil que ella regresara por que sabía que le iban a pegar, que la iban a regañar. [Mario Garfias]
Una vez aislada, dependiente, comienza un periodo de luna de miel que arraiga un sentimiento de fidelidad y agradecimiento. Inician deudas, crean culpa; la acumulan. Usan a otras mujeres para envolverla, para hacerla cambiar de parecer. Desorientadas, aturdidas o engañadas, son llevadas por primera vez al lugar de explotación. El primer día de “trabajo” suele ser excesivo, el tratante sienta un fuerte precedente en la iniciación. Las quebrantan. Por lo general alguien más hace el trato con los clientes. Después ellas aprenden y comienza una dinámica de “estira y afloje” en donde se administran concesiones y castigos. Aprovechando el momento posterior a la iniciación, él le habla de su nueva condición, le hace ver el rechazo de su familia y sus pocas posibilidades de regresar a su anterior vida. Comienza un tratamiento, ahora diferente, para convencerla de sus pocas opciones:
Trabajaba los primeros 3 meses, le enseñaba yo cómo era el trabajo, cuáles eran las posiciones, cómo se cobraba, dónde se iba a parar. Cuando era menor de edad tenía que sacar yo una credencial. Una de las chicas que me ayudó a conseguirla se encargaba de cuidarla. Otro de los empleados se encargaba de cuidar que no se escapara. Porque al principio, no… nadie quiere. Ella está siendo engañada, no se da cuenta. Incluso le puede preguntar quién sea; derechos humanos, la policía, su propia familia: “yo no soy víctima, yo estoy aquí porque yo quiero”. Lo que no saben es que está siendo engañada. [Mario Garfias]
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Mario Garfias afirma visualizar un proceso muy claro; etapas. Diferentes niveles de engaños. Y que en el proceso que éstas se “desengañan”, se prolonga la necesidad de ejercer violencia física, frontal. Entre ellos, juegan distintos roles para mantener un estatus de “benefactores” que los protege cuando son ellos mismos quienes diseñaron, casi con artesanía, el problema que ella intenta resolver:
Cuándo ella ya dice, “ya no puedo más”, en el transcurso de que se desengaña, ya fabriqué un papel de compra/venta de casa. Las llevo a que vean una casa vacía: “esta es tu casa”. Obviamente todavía faltan muchos pagos. Y ella sigue trabajando. Eso puede durar otros 4 meses más. Luego… cuando ya no puede, o sea que ya no quiere, que ya no ve resultado, se le amenaza. Conozco a tu papá… tu papá se llama fulanito de tal, tu mamá se llama fulanita de tal. Tienes un hermano así, tienes una hermana así. Mientras, en el transcurso del tiempo, no se le permite ver a su mamá, no se le permite hablar con su papá. Para nada, para nada. 

Lo que hace uno es alejarla completamente de su círculo de protección. “Te estoy viendo”. Llegaba alguien caminando y la abrazaba… ahí estamos al pendiente. Entonces sabía, no podía gastar dinero, no era dueña del dinero, todo lo que ganaba me lo tenía que entregar. Cuando trabajaba yo en esto, mi labor era asustar a las chicas, el trabajo de otro era cuidarlas, y el trabajo de otro era consolarlas. [Mario Garfias]
Cuando los paliativos se agotan, cuando “ella ya no puede más”, entonces él cambia su rol de benefactor y se muestra tal cual: como su victimario. Vienen la violencia física, los golpes y las amenazas. Es aquí cuando; como en demasiados casos; las embarazan y les retienen a sus hijos a condición de cuotas. Hasta que llega el punto en el que, en su desesperación, intercambian cuotas y “ratos” con clientes a cambio de ellas mismas enganchar y cuidar nueva mercancía. Reiniciando así el círculo vicioso de la explotación, devorando por completo a la víctima, haciéndola cómplice, haciéndola victimaria. Fué así que, cuando los Garfias fueron sentenciados a cárcel, se llevaron consigo una chica a quien explotaron durante más de cinco años. 
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Lógicas de explotación: 
tratantes que no nacen tratantes.
Los hermanos Garfias reconocen, con toda claridad, que las mujeres a las que prostituyeron sufrían. Esto es importante ya que se conecta con otro proceso que cruza la historia de la trata: el proceso de “deshumanización”, o más bien de racionalización con el cual el padrote, aún reconociendo el daño en sus víctimas, encuentra motivos suficientes para justificarse. “Algunas veces uno sí se llega a enamorar, y pues, se siente feo… pero lo primero que te enseñan es a matar el sentimiento, sino uno después batalla para ponerlas a trabajar”(Alias Pedro, entrevista personal, 2014). Varias declaraciones así han sido documentadas antes por otros victimarios. 
El daño es tal y a tal grado… que si, que las convencen de que no pueden hacer otra cosa, que cuando agarran al marido, al padrote y lo encierran, ellas creen que no pueden hacer otra cosa y regresan solitas. No vuelven a regresar jamás a su casa, por pena. Conocí de otras personas… se suicidaron. Muchachas que ya no… se aventaron del tercer piso de un hotel. Otras entran en el mundo de la droga. Desde el momento en que ellas se acercan por primera vez con un cliente, jamás vuelven a ser las mismas, jamás. Si es una niña de 16 años, su vida es transformada completamente; ella vive llena de odio; por todo, llora; se da cuenta de todas las cosas que perdió: “y si hubiera hecho esto, y si no lo hubiera hecho”... “hubiera”. Cuando menos se dan cuenta ya no pueden salir de ahí. Sino es por una situación, es por otra. Por verguenza, por que su familia es ignorante y no saben que son víctimas, creen que están ahí por que ellas quieren. Alguien dijo un día: “las mujeres de la vida alegre” ¿Quién les dijo eso? Yo viví ahí, ninguna vive alegre. [Mario Garfias]
La oportunidad de tener acceso a esta nueva perspectiva, a esta otra cara que poco antes se había documentado, puede responder también a otro tipo de preguntas interesantes; sobre todo acerca de sus orígenes, sobre todo acerca de su reproducción. La discusión sobre los orígenes de la violencia como una cuestión ontológica o metafísica; es decir, sobre si es inherente a la naturaleza humana o si es más bien situacional, es una muy amplia y para otro momento (Szasz, 2013, p.137). Sin embargo, nos preguntamos cómo es que podemos encontrar patrones tan claros en distintos mecanismos de control y distintos perfiles de victimarios; no solo en México, sino en el mundo. Siendo la trata de personas un delito tan complejo que necesita de una acumulación de factores para poder suceder, podemos decir entonces que existen ciertas lógicas que lo explican. Lógicas que si bien no deben ser tomadas como justificaciones, si pueden ser caminos para comprender cómo se teje el delito; para entender cómo es que nuestra sociedad produce tanto víctimas, como victimarios.
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Viví toda mi vida llena de carencias. Toda mi vida, desde jóven. Tampoco es justificación. Pero si algo padecimos cuando éramos niños, era el hambre. Entonces, el simple hecho de tener, de diario tener dinero… me justificaba. Porque entonces me hablaba mi familia; le decía yo a uno de mis hermanos: “llévale dinero a mi mamá”. Tal vez mi justificación era esa… para no sentirme mal conmigo mismo. Un padrote me dijo una vez, así me lo dijo textual: “no te enamores nunca de una mujer”. Así que no sentía yo feo por ninguna de ellas. Por que para mi era dinero. Me interesaba el dinero. Si no me daba el dinero a mi, se lo iba a dar a alguien más. Y yo decía, de que las dé gratis, a que cobre, mejor que cobre. Esa era mi justificación. A excepción de mis hermanas, mi familia completa sabía a lo que me dedicaba. No supe en qué momento me convertí en victimario porque yo decía, pues gracias a eso ya no estoy muriéndome de hambre y ayudo a mi familia. Dejé de ser esa víctima. Automáticamente, cuando ya me volví violento, para mi, deje de ser víctima y me convertí en victimario. Convertí a mis hermanos también de ser víctimas a ser victimarios. [Mario Garfias]
Aunque hay mucho de que hablar a partir de este texto, quisiera por ahora enfocarme en solo algunas lógicas. La primera, la más evidente, es una lógica económica: de hambre. Otra lógica presente tiene que ver con género: la mujer como cuerpo; la “mala” mujer y la “buena” mujer, “sus hermanas”, a quienes los Garfias protegen y proveen. Asimismo, una lógica de poder y de supervivencia; de devorar o ser devorados, de aprender a ejercer poder, o de que el poder fuera ejercido sobre ellos. Los hermanos Garfias son hijos de una mujer que hasta hace unos años estuvo en una situación de prostitución bajo la mano de distintos explotadores. Fue así como la familia encontró en el proxenetismo la salida a sus padecimientos.
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Comentarios finales
La idea de poder anticiparnos a un fenómeno tan complejo como la trata es ambicioso; no solo involucra una multitud de actores, también a un sinnúmero de otros problemas a nivel estructural. Sin embargo hay muchas cosas que se pueden hacer. Comenzando por cuidar que en los pocos o muchos intentos preventivos que se organicen, en todos los niveles, se muestre una imagen más fiel de las víctimas del delito. Comprender la relación víctima-victimario nos proporciona lecciones valiosas que pueden ser transformadas en herramientas preventivas. Verlo también a él (en este caso), y darnos la oportunidad de comprender una de las raíces más importantes del problema: la de la reproducción social del victimario, nos abre otra oportunidad para abordarlo. Nos invita también a pensar en una estrategia de prevención y de diseño de políticas públicas más integral, que debe considerar no solo a quienes son vulnerables a ser víctimas, sino a quienes pueden llegar a ser parte de la cadena de explotación. 

No hay una sola respuesta para un problema con tantas vertientes. Un problema que aún seguimos comprendiendo. Pero si hay muchos caminos que aún quedan por explorar. Gracias a la compilación y estudio de cientos de testimoniales de víctimas y victimarios; así como al conocimiento que se ha desarrollado y compartido en los últimos años, cada día nos acercamos más.
21/02/2018
Por Mariana Ruenes y el equipo de Sintrata, A.C.
Una asociación sin fines de lucro, una serie de proyectos para lograr un México más libre.
 @sintrata / contacto@sintrata.org / www.sintrata.org
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